SILVINA SCHEINER REDACCION CORPORATIVA

El lenguaje está cambiando pero ¿Hacia dónde va?

16 Julio 2009 · 2 comentarios

El lenguaje de todos los días está cambiando.

Por ejemplo, no se usa más decir: “Hola, cómo te va”. Mucho menos, llamarte por tu nombre: “¿Qué hacés, Pablo…? ” o “Lore, ¿qué decís…?”. No.

Lo que se dice es: ¿ “Cómo va?”. Sin especificar demasiado. Sirve para el tuteo, para el trato de usted, para varones y para mujeres. Y no supone demasiado compromiso por averiguar realmente cómo estás.

Qué sé yo, si te duele algo, si viajaste bien, nada de eso. “¿Cómo va?”, eso es todo. Mejor dicho, casi todo.

Porque también te arrojan el “¿todo bien?” que lejos de abrir el cauce para compartir algún dato de la elemental experiencia cotidiana, es como un candado que evita cualquier referencia personal. Más que una pregunta, es un sello. “Todo bien” levanta los puentes, silencia las confesiones, anula la complicidad. No me cuentes, no quiero enterarme. Ya se sabe que está “todo bien”.

Y si se te ocurre preguntar a qué hora llega el repartidor de los bidones de agua, no vas a lograr una respuesta precisa: a las once, por ejemplo. No, para nada. Te dicen: “supuestamente a las once”. ¿ Eso quiere decir que a lo mejor llega a las diez y media ? ¿ O que quizás lo haga al mediodía ? ¿ O será que hoy nos quedaremos sin agua ? “Supuestamente”, eso es todo.

Ambiguo, reversible, multiuso. Las dificultades se acentúan si se te ocurre profundizar un poco más. Porque en el caso de que quieras saber si el repartidor es el mismo de la semana pasada o lo cambiaron, lo más probable es que arranquen con un “a ver”.

Ahora todo empieza con “a ver”.

“A ver” promete ser el prólogo de una revelación asombrosa., pero se queda allí. Peor todavía: sobreviene un “digamos”, que pivotea sobre la más absoluta vacuidad. Irremisiblemente llegarán “es como que”, “convengamos”, “digo” y el remate inevitable: “¿ se entiende ?” No, no se entiende. Porque no dijo nada.

Por más que se pretenda ocupar un atalaya del pensamiento con el latiguillo “desde mi lugar”. Evitá interrogar sobre cuál es ese lugar. Te pueden responder que ahí está el “issue”. Y si insistís, en procura de un diálogo más poblado de contenidos, lo primero que te dicen es “nada”. ¿ Por qué “nada” ? ¿ A qué se refiere esa negación de la existencia de algo que ni siquiera se vislumbra ? Probablemente a que “tenemos que verlo”.

O lo que invita a una posibilidad más laboriosa: “tenemos que trabajarlo”. Si al cabo de un diálogo tan enriquecedor proponés un nuevo encuentro, lo más probable es que la aceptación esté encerrada en un “dale”. Eso sí: en la despedida te va a acompañar la estimulante protección de un “cuidate”. ¿ Y de qué hay que cuidarse ? ¿ De la gripe ? ¿ O de una salidera bancaria ? En realidad, el mayor riesgo que nos rodea es el de quedarnos sin palabras. Y en eso estamos.

Por Julio Lagos.

Fuente: Academia de la Comunicación

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